lunes, 27 de febrero de 2012

CRÓNICAS

Crónica de la mañana cotidiana
23 de septiembre de 2011: viernes. Me levanté a las seis y cuarenta, como todos los días que tengo clase a las ocho de la mañana. Me senté un rato sobre la cama para pensar, o más bien intentar prestarle atención al sin fin de cosas que me pasan por la cabeza cada vez que despierto. Recuerdo que a mi mamá le molestaba que hiciera eso, porque siempre llegaba tarde al colegio, no importaba cuan temprano me despertara y era que por lo regular me llevaba bastante tiempo calmar mi mente y continuar con la rutina; sin embargo hoy solo había tomado diez minutos, así que comencé mis actividades faltando diez para las siete.
Después de gastar los habituales cuarenta minutos para estar lista, bajé como de costumbre faltando diez minutos para salir de mi casa, a tomar el desayuno, otra cosa curiosa de mis rutinas es que no importa que tan rápido o lento coma siempre duro diez minutos, creo que he llegado a tener una estrecha relación con los diez minutos, debe ser porque me gusta que siempre sobren razón por la cual adelanto mi reloj general esos diez minutos.
Salgo de mi casa faltando veinte para las ocho, tiempo exacto en el que llego desde mi casa en la treinta y dos D, hasta la novena con veintisiete, la UIS, mi universidad. Al salir de la casa tomé la diecisiete, la cual siempre había tomado por rutina y porque siempre salgo muy distraída cuando camino por la calle, así que fue muy tarde cuando me di cuenta que en realidad debía tomar la dieciocho, ya que ya era hora de variar el trayecto.
Seguí por la ruta derecho hasta llegar a la treinta y crucé directo hacia la glorieta del estadio para luego tomar la catorce, como quien va para la veintisiete, mientras llegaba  a la carrera veintinueve me di cuenta que alguien me seguía y me asusté, volteé disimuladamente y noté que era un muchacho increíblemente alto y grande que venía escuchando música por su ipop, de pronto tuce la necesidad de tomarle de la mano agarrarlo fuerte y detenerlo, pero fue demasiado tarde, y gracias a Dios no hubo necesidad de detenerlo, ya que se dio cuenta, justo a tiempo, que venía una Trans-girón del rincón y por poco se lo lleva. Por un momento pensé; ha de ser difícil caminar y escuchar música, por eso yo no lo hago aunque la verdad tampoco tengo ipop para hacerlo.
Continuando con mi camino hacia la universidad, tomé la catorce, luego crucé la calle y llegue a la carrera que va directo al tecnológico; cuando tomé esa ruta me sentí un poco más tranquila, ya que iba  acompañada de muchos otros estudiantes que solían tomar ese mismo camino, así que no había por qué tener miedo. Sin embargo volteaba disimuladamente, de vez en cuando para cerciorarme de que nadie sospechoso me seguía; en eso iba cuando por la cuando por la doce bajó un muchacho algo sospechoso, así que apresuré el paso, puesto que era la última en la fila de estudiantes que avanzaban por la calle. Poco a poco apresuré el paso y a su vez sentí como la persona que iba detrás de mí lo apresuraba también, me angustié y por un momento me volví pesada y no podía alcanzar al resto de las personas, pronto vino a mi mente el peor de los episodios y dije: otra vez no. En la parte derecha de mi cuello había algo que punzaba en un punto específico y repetí: otra vez no, por favor. Apresuré más el paso y llegué a la calle de la merced y di vuelta a mano izquierda alcanzando al fin a otra muchacha que me miró con disimulo de la misma forma que yo miro cuando voy sola por la calle, una leve sonrisa se dibujó en mi cara al pensar que, tal vez ese anto podía haberse convertido en un hábito de todos los que pasamos siempre por esa zona.
Finalmente miré con tranquilidad hacia atrás y no vi a nadie seguirme llegué a la universidad sana y salva, sin embargo hubo algo que me causó curiosidad y es que yo estaba segura de que el muchacho, sospechoso, que bajaba por la doce tenía una camisa roja, entonces porque en el pequeño momento de angustian de su persecución lo veía con camisa blanca, la misma camisa que llevaba el muchacho que me atacó el día que llegué a la universidad a reclamar el horario, de igual forma la sensación corto punzante del bisturí que uso para atacarme era la misma que sentía en ese instante; suspiré y me dije a mi misma: parece ser que de aquí hasta que me gradúe no voy a tener paz en mi trayecto a la universidad, porque desde ese día yo, o miro disimuladamente hacia atrás con miedo de la persona que se encuentra allí o camino más rápido de lo habitual, ya que además de eso me percaté de que llegué faltando diez para las ocho y no a las en punto como de costumbre.

Crónica 2: Un empleo inusual
El tarjetero
Después de preguntarle a uno de mis compañeros por lo que había dicho el profesor en clase, me dijo: habló sobre las exposiciones, y dejó tarea para el lunes, aunque esa tarea estaba desde hace rato, antes del paro: la crónica sobre un empleo inusual. Enseguida le pregunté: ¿Parce usted ya la hizo? Me dijo, pues… tengo algo pero… pero pues tocará mirar cómo busco o la hago este fin de semana.
Me detuve a pensar precisamente en el fin de semana y si tendría tiempo para encontrar a alguien con un empleo de esas características y hacer mi reseña, porque a partir de este momento sobra decir que no había hecho nada durante “las vacaciones”. Ese mismo viernes salí de la universidad rumbo a Villabel, un barrio de Floridablanca, puesto que me había invitado a comer la propietaria del Bar donde llevaba dos semanas trabajando. La señora se llama María Carmenza Ramírez y es una amiga cercana de mi mamá, es más también cuidó de mi cundo era más pequeña, durante mucho tiempo.
Después de almorzar y de descansar para más tarde abrir el Bar, nos sentamos con María a esperar los clientes; mientras esperábamos me preguntó que si todo marchaba bien en la “U” y le dije que sí, pero que estaba preocupada porque tenía que hacer una crónica y no sabía qué hacer ya que el sábado no tenía tiempo, dado que ese día está destinado para pasarlo con mi papá, y eso es más que ley, y en la noche a trabajar nuevamente al Bar, así que sólo me quedaba el domingo y la verdad dudaba de encontrar a alguien ese día para entrevistarlo y conseguir material para mi escrito.
María se quedó pensando y dijo: déjeme yo le hecho cabeza a ver quién de la gente de este barrio ha trabajado en algo rebuscado, y así quedamos porque la gente comenzó a llegar al Bar y tocaba atender.
Al final de la jornada, mientras recogíamos las mesas y cerrábamos, María me dijo: Nairita mañana esté pendiente cuando venga el muchacho mechiparado que siempre viene a pedirme repelo del almuerzo que ese es el que usted necesita para la tarea esa que tiene; yo la miré y le dije su cuñado al que le dicen “Siota”, María soltó una carcajada y me dijo, no mami lo que pasa es que yo le digo Carlos cuñado y los amigos le dicen Siota pero porque es se llama Juan Carlos Cuñado Siota. Ante esta respuesta yo solo pude decir: ahhhhhhh.
Fue así como el sábado en la tarde antes de abrir el Bar y puntual a las 5 pasadas llegaba el famoso Carlos Cuñado Siota a pedir el repelo del almuerzo. Antes de servirle, en la cocina, María le dijo algo que no pude oír, él se volteó me miró y asintió con la cabeza, se sentó en el comedor, donde yo también estaba comiendo repelo del almuerzo y me preguntó, ¿pa’ qué es que soy bueno mamita? Yo sonreí y le expuse mi caso, él se quedó pensando y me contestó, pues… yo si tenía un trabajo de esos que es de puro rebusque y no fijo ni algo que usted diga trabaja normal “jodas” así, pero eso fue hace unos siete, ocho años larguitos no sé si le sirva. En ese momento me detuve un segundo no lo pensé mucho todo lo que tenía en mi cabeza es: o es este sujeto o es nada, así acepté su historia.
Juan Carlos Cuñado Siota comenzó a trabajar desde muy joven en cualquier cosa que le saliera, lo cual le sirvió para conocer mucha gente que le colaborara encontrando un trabajo más fijo y mejor. Estando en esa inestabilidad laboral un “Busetero” (conductor de bus) le ofreció trabajar como tarjetero, aunque ese no es el nombre correcto para lo que le proponía en conductor, puesto que el empleo consistía en llevar el tiempo de los buses y busetas de transporte público, para luego advertirles a los conductores de cuanto llevaban de tiempo entre buses que cubrieran la misma ruta, mientras que los tarjeteros se cercioraban del que el tiempo de recorrido fuera el justo y estipulado por la empresa de transporte, además de que ellos también son contratados por la empresa, mientras que el otro empleo es uno más del rebusque, tal como afirma Carlos.
En la época en la que Juan Carlos desempeñó este oficio al cual actualmente se le conoce como tarjetero a falta de una denominación, tal vez, más precisa; no era para nada fácil conseguirse las lucas, termino con el que se refiere al dinero: vea si usted no conocía a los conductores esos manes se aprovechaban del trabajo de uno y ni una menta le tiraban a uno. A mí gracias a Dios casi nunca me fue mal, porque yo conocía a la mayoría y los manes eran legales conmigo, pero del resto paila; sólo un par de veces recuerdo haber tenido un problema con un man de un bus y con otro muchacho que trabajaba en lo mismo que yo.
Yo me a cuerdo que el mancito pasaba, el del bus, y bueno… yo le informaba de los tiempos y toda la vuelta y el man siempre me decía luego le pago chino, gracias, y pues uno se las anotaba, porque eso era otra cosa, cuando uno ya llevaba rato de conocer a los que trabajaban en cierta empresa pues uno se hacía, digámoslo así un contrato y de ahí uno empezaba a tener ya un sueldo, porque uno le ponía una tarifa al man mensual y pues mes a mes le dan la plata y eso ya es un sueldo. Pero entonces el man ya lo cogió de parche y pasaban los meses y él man no me pagaba, ni me adelantaba nada; entonces yo un día la paré y le dije; hermano usted sabe que yo no me mato en esta joda de gratis y que usted y yo teníamos una acuerdo y que tales y el man se salía por la tangente ese día me dijo que a la otra semana me pagaba, pero la verdad es que yo no le comía carreta y la dejé así.
Con el tiempo yo dejé de trabajarle al man y pues se arrechó y luego se puso a hablar pestes de mí, y de paso me metió en un problema, porque resulta que entre nosotros había un pelado que trabajaba bien eso pero el man empezó a dar mal los tiempos porque algunos conductores que se cargaban la mala entre ellos le pagaban al pelao’ pa’ que les diera mal los tiempos y se fueran pegados al bus con la misma ruta y perdieran pasajeros o no los recogieran. Entonces resulta que el man se puso a decir que era yo el de esa vuelta y pues con tanto problema con el pelao’ porque algunos manes ya le tenían montada la casería y que tales… no esos manes se enrabonaron feo, pero menos mal que mi amigo el que me propuso trabajar en eso metió las manos por mí y salí de ese meollo.
Pues si mamita, yo no sé cómo funcione eso actualmente pero al menos cuando yo trabajaba era muy pesado y aunque uno no tiene horario, ni sueldo, ni jefe fijo es jodido porque le tocaba a uno vivir de la misericordia, de lo que los buseteros quisieran darle a uno, no sé si ahora son más amplios y le colaboran a los pela’os que trabajan en eso.
Concluida la pequeña entrevista nos levantamos de la mesa, lavamos los platos y antes de irse me pidió el favor de decirle a María que le preguntara al hermano si en fin lo necesitaba para traer la carne del matadero, que avisara porque tocaba ir a las tres de la mañana. Cuando le entregué la razón a María algo me causó curiosidad y le pregunte: Entonces ¿este muchacho si es su cuñado? Es hermano de su marido, María soltó la carcajada y dijo no le pare bolas que ese es cuñado de todo el mundo jajajaja.